Carretera Austral II – El paso por Queulat

Retomamos la ruta cuando cesó la lluvia. El camino hacia la Carretera Austral parecía mejor que el desvío con destino a Futaleufú. Esta vez la marcha fue más continua y registramos el camino desde el interior de Baldufa. El trayecto continuaba hacia el sur bordeando el límite este del Parque Nacional Corcovado. Este parque se forma alrededor del Volcán Corcovado, que con su cumbre puntiaguda puede ser visto a la lejanía desde Chiloé, y resalta en el horizonte de estas latitudes. El ingreso al parque no está permitido, reservándose el acceso al personal de CONAF que gestiona la protección de esta área natural.

Tras unos 100 kilómetros llegamos al cruce del río Palena y ante nosotros el Puente Ezequiel González presentaba la misma estructura que el de Puerto Cárdenas: metálico, atirantado, de color naranja. Ya dejábamos atrás la Región de los Lagos, en la que habíamos pasado más de un mes girando de la cordillera a la costa, y entrábamos con todo a la Región de Aysén, la que en su interior concentra los tramos más salvajes de la Carretera Austral. Km a km todo iba in crescendo, glaciares en abundancia, la ruta más inhóspita, el bosque más verde y húmedo.

La ruta se emparejó con el lago Risopatron, una conexión terrestre que discurre literalmente entre el cerro y el agua. Bordeamos el azul glaciar por unos 30 km hasta llegar a un desvío por obras: Puyuhuapi. Una lluvia repentina e incesante nos dio la bienvenida a este pueblito que literalmente se encontraba dinamitado, en pleno proceso de mejoramiento o instalación de la red de alcantarillado. Esto combinado con la lluvia daba como resultado un estupendo barro que nos obligaba a mantenernos refugiados en Baldufa.

Llovió y llovió toda la tarde y noche. Dormimos deseosos de que fuera una precipitación pasajera. Por suerte el día amaneció sin lluvia y pudimos abrir las puertas para desayunar con aire fresco. Sucedió algo extraño. Habitualmente Baldufa capta la atención de los transeúntes locales atrayéndolos hacia su interior para generar conversaciones que sazonan nuestro día a día. Acá no solo no se dio sino que la gente que pasaba por la calle, al aproximarse a nosotros se cruzaba de vereda, evitando el contacto verbal o visual.

Descubriendo el pueblo llegamos a la costa, el mar se mostraba calmo como si se tratará de un lago. Habíamos llegado a los fiordos, ese fenómeno geográfico que define al sur de Chile. El paisaje, los botes y todo lo que estaba al alcance de la visual se reflejaba en el mar formando un cuadro digno de admirar. Con la costanera recorrida, la plaza del pueblo visitada y después de haber adquirido los ingredientes para almorzar, volvimos a Baldufa para enfilar camino.

Arrancamos entre los charcos que adornaban las calles hasta llegar a la ruta que a partir de este punto era de ripio. El tramo que teníamos por delante se encontraba en obras y varios carteles nos habían informado que se restringía el tránsito en ciertos horarios. Sin lugar a dudas, lo que decían los carteles era verdad. Nuestro primer objetivo era llegar al Parque Nacional Queulat, donde se encuentra el ventisquero colgante, a 20 km de Puyuhuapi. Los cortes llegaron temprano, 10 minutos de espera y a seguir 4 km, otro corte, otro corte y así de forma repetida.

Tardamos más de una hora en hacer este tramo y adentrarnos en el camino que llegaba a la entrada del parque. Optamos por senderos relativamente cortos, teniendo en cuenta que por la tarde se cortaba el tráfico de la ruta. Uno de los senderos nos condujo al mirador del ventisquero, mientras que el segundo camino nos invitó a cruzar el río a través de un puente colgante, para llegar a la laguna que se formaba a los pies del glaciar. Acá la oferta era básicamente navegar o contemplar la vista desde allí. ¿Qué hicimos? Contemplar y escuchar.

Nos dirigimos de nuevo hacia la ruta y en la intersección con la Carretera Austral la banderera se acerca y nos pregunta: “¿Hacia dónde se dirigen?”. “Hacia el sur” respondimos. Y nos dijo que teníamos que esperar. Una leve preocupación se apoderó de nosotros ya que no indicó ningún tiempo de espera en concreto, “esperen aquí por favor” y volvió a su casilla.

A su lado, una biciviajera retomaba fuerzas. Se acercó a nosotros y nos preguntó por la distancia hasta la entrada del “Bosque Encantado”. Vivi, de Colombia, llevaba un año y siete meses de viaje a bicicleta, con rumbo a Ushuaia. La lluvia, el frío y la noche la aterrorizaban y deseaba saber cuánto tenía que pedalear hasta el próximo refugio. Aclaradas las dudas, mapa de por medio, recibimos el “ok” para seguir on the road. En los primeros km el pensamiento había quedado pegado en la historia de Vivi.

A partir de este momento la ruta era nuestra. El tránsito hacia el norte estaba restringido por trabajos de voladura en la ruta favoreciendo que no nos cruzáramos con absolutamente nadie en  el tramo que teníamos por delante. La ruta se asomaba al fiordo por unos kilómetros y permitía disfrutar del andar al borde del acantilado, cada tanto aparecía un ensanche que aprovechamos ya fuera para sacar fotos o calentar agua para unos mates.

Embobados con el paisaje llegamos al final del fiordo, perdemos el mar de vista, y la pendiente empieza a aumentar sutilmente. Desde este punto, las curvas comienzan a sucederse una tras otra cada, estamos subiendo la Cuesta Queulat. El motor de Baldufa exige marchas cortas, y para el bien de todos, el paisaje requiere de tanta atención que una velocidad mayor sería desperdiciar el momento.

17 curvas consecutivas de 180º para ganar 500 metros de altura. El ascenso es una verdadera maravilla. Cada curva descubre un panorama distinto. Se alternan los ventisqueros que asoman entre cumbres y nubes, con las laderas empinadas y pobladas de vegetación. Se dejan contemplar los saltos de agua que cargan el río Queulat con agua glaciar para descargar al fiordo, y la soledad del motor de Baldufa nos hace sentir minúsculos.

Encandilados por la majestuosidad del paisaje llegamos a un llano en medio de la cuesta. La ruta se vuelve horizontal en lo que parece el eje de un nuevo valle. Desde acá se puede contemplar toda la cordillera con sus glaciares colgantes enmarcados en las laderas de este valle glaciar. Digno de admirar volvemos a parar para retener en nuestra memoria este paisaje.

Retomamos la ruta en un ascenso continuo pero ahora más suave. Pasamos por el ingreso del Bosque Encantado, un sendero que forma parte del Parque Nacional Queulat, pero que cobra nuevamente. El consejo de sabios decidió continuar y seguir disfrutando del camino como tal en las horas de luz que nos quedaban. Transcurridos unos km llegamos al asfalto, tomando el desvío hacia la costa. Si bien el estado de la ruta era bueno hasta este punto, el asfalto es sinónimo indiscutible de alivio.

La ruta se empareja con el cauce del río Cisnes y discurre paralelo a éste por el fondo del valle. Los recodos del río se transforman en curvas que permiten ver hacia el curso alto del río y hacia su desembocadura en el mar. Avanzamos tranquilamente por los 30 km que nos separaban de nuestro destino para llegar a Puerto Cisnes, donde el mar nos esperaba calmo y con un atardecer por delante. Unas vueltas por el pueblo, varias fotos y nos instalamos en la costanera.

 

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