Carretera Austral I

Había llegado el momento de encarar la mítica Carretera Austral, la ruta nacional 7. La ruta que conecta los municipios ubicados más al sur de Puerto Montt hasta llegar a Villa O’higgins. La misma ruta que año tras año atrae aventureros y viajeros en todos los medios de transporte imaginables: bicicletas, motos, autos, 4 x 4,  y como nosotros, en kombis.

Nuestro punto de partida fue Chaitén, un pueblo joven que literalmente resurgió de las cenizas de la erupción del volcán homónimo que se produjo en 2008. Llegamos de madrugada, desembarcando de un viaje de 5 horas desde el puerto de Quellón, en Chiloé, y sin muchas vueltas estacionamos para pasar la noche.

Con el despertar descubrimos que habíamos llegado a la Patagonia Chilena. La estructura del pueblo, su ensanche cuadriculado con bulevares anchos y veredas amplias nos recordaron experiencias pasadas de esta región única. Tras un intento fallido de consultar en la oficina de turismo (cuando termina la temporada veraniega todo y todos se relajan) y pagar el permiso de circulación de Baldufa (ante todo los papeles al día) pusimos rumbo a una de las entradas del parque Pumalín.

Este parque forma parte de la herencia que dejó Douglas Tompkins, conocido por su marca North Face, en sus proyectos de conservación tras su muerte en 2015. Con puestos para guardaparques ausentes, sin taquilla y carteles informativos al inicio y durante el sendero, se demostraba que el parque había sido concebido para aquellos que respetan a la naturaleza sin que nadie les tenga que ir detrás.

Uno de los senderos que resulta más atractivo es el que “asciende” al volcán Chaitén. Desde el estacionamiento ubicado al costado de la ruta se empieza a caminar hacia la cúspide cruzando la colada que se formó en la última erupción. La senda te obliga a subir de forma acelerada en un entorno arbustivo que guarda la muestra “petrificada” de lo que fue un bosque.

Paso a paso, metro a metro van apareciendo más especímenes petrificados hasta abandonar la vegetación y empezar a pisar la grava y roca, fruto de ese episodio de fuerza natural que en 2008 puso en jaque la población de Chaitén. Continuando directos hacia la cumbre del volcán se llega hasta lo que en su día debía haber sido el borde del cráter.

Llegados a este punto se observa una laguna ocre a los pies de la roca que surgió tras la erupción. Un evento tan violento que provocó el aumento de unos 200 metros de la altura del volcán. En esta arista curva los restos de arboles caídos de color grisáceo que a modo de fósiles demostraban una vez más la fuerza que se liberó en la madrugada del 1º de mayo de 2008.

La actual cumbre no se puede ascender de forma legal por lo que quedaba disfrutar la vista y volver a Baldufa para ahora sí, poner rumbo al sur.

A partir de esta latitud la variabilidad de nuestra ruta iba a ser menor de lo que había sido hasta la fecha. A su vez las distancias entre puntos se estiraban, y Baldufa iba a tener que demostrar su capacidad de recorrer más kilómetros diarios.

Ahora sí, nos adentramos en la Carretera Austral y comenzamos a descubrir su encanto. El verde rodea la ruta dando paso a la roca y al hielo cada vez que uno alza la vista. Y la velocidad de marcha se acomoda a los encantos que ofrece el camino, no hay prisa.

Con la luz del atardecer empezamos a topar con los primeros ventisqueros que asoman entre los cerros, que transitan lentos por los valles hasta quedar expuestos a paredes verticales por donde descargan cascadas de todos los anchos y alturas.

Antes del anochecer llegamos a la orilla norte del lago Yelcho, en la villa de Puerto Cárdenas. El amanecer nos presentó una postal que combina lo natural y lo intervenido. Un puente atirantado de aquellos que se construyeron por 1982 cuando se materializó la carretera austral, el extremo norte del lago Yelcho y sobre los cerros el hielo glaciar que corona perpetuo el paisaje. Desayuno con esta vista privilegiada y a seguir camino.

Atravesando el puente, la ruta se aleja del lago y se adentra de nuevo en el paisaje boscoso que nos venía acompañando desde el inicio de la carretera. Tras unos cuantos kilómetros en los que salvamos algún que otro coll llegamos al cruce que nos permitiría desviarnos de la ruta hacia la cordillera.

En este punto nace la ruta 235 que conecta la carretera austral con las localidades de Palena y Futaleufú. El estado del camino denota que no es la vía principal en esta región, y por ende su estado es practicable pero de menor calidad. Avanzamos virando levemente hacia el noreste hasta reencontrarnos con la orilla sur del lago Yelcho, sí, de nuevo y después de más de 4 horas andando volvíamos a estar junto al mismo lago que nos albergó la noche anterior.

Tras bordear el Yelcho por unos kilómetros nuestro rumbo volvía a adentrarse en la cordillera y para toparse con una nueva bifurcación. A la derecha hacia Palena, a la izquierda hacia Futaleufú. Este último es una visita obligada según las guías y conversaciones con amigos o viajeros.

El paisaje no defraudó en ningún momento pero el estado del camino iba diezmando poco a poco, forzando una velocidad de viaje menor a la que veníamos llevando (tampoco vamos muy rápido habitualmente pero acá nos movíamos a unos 30 km/h).

A medida que avanzábamos empezaban a sobresalir la roca y los cerros puntiagudos que dejaban en segundo plano el bosque que nos rodeaba. Llegamos al cruce del río dónde la fuerza del agua se hacía presente y la roca, ya pulida, formaba una plataforma perfecta para aterrizar con los botes de rafting que descendían por los rápidos.

Continuando el camino llegamos a las proximidades del lago Lonconao y a la ribera del río espolón que nos condujo directos a la plaza de Futaleufú. Llegamos con tiempo para acudir a la oficina de turismo y consultar qué teníamos que ver en el lugar.

Convencidos de hacer el trekking que llega a Piedra del Águila nos alejamos de la ciudad hacia donde se inicia el sendero. En este corto trayecto algo extraño nos llamó la atención: las aguas del río corrían hacia el este. Esto, que para algunos puede parecer un detalle insignificante, en estas latitudes toma importancia. La frontera entre Chile y Argentina se define, salvo excepciones puntuales, por “las más altas cumbres o divisorias de las aguas”. Eh aquí lo curioso, estando en Chile, las aguas iban al revés y con ello algo en la gente del lugar también cambiaba.

Buscando un lugar donde pasar la noche, dimos con un terreno abierto y cercado en su perímetro con un alambrado, era como si por una noche tuviéramos nuestro propio terreno en Futaleufú (o sea, okupas). Todo listo para dormir y al otro día salir a caminar.

Con el despertar unas nubes amenazantes cubrían el lugar, teniendo en cuenta que el principal atractivo del sendero elegido es la vista panorámica que ofrece del valle, abortamos misión y nos regresamos al pueblo.

Lo cierto es que en un lapso muy breve de tiempo el cielo se cayó con una lluvia torrencial. Encontramos refugio en un camping muy barato, ubicado frente a la Laguna Espejo; y un cocido de lentejas al estilo “papi” nos brindó las calorías que hacen del frío una sensación más rica.

Una vez más, nos llenamos de historias y anécdotas de las personas mayores con las que compartimos. En el supermercado vimos el trato y el hablar que nos recordó el de Argentina, en las calles había autos con patente argentina que venían e iban rumbo a Trevelín o Esquel.

Acá, encontramos quien nos dijo que no conocían Chile, que si necesitaban algo cruzaban a Argentina y que todo lo hacían allá. El agua, la gente y este modus operandi nos dejó la sensación de que la frontera se diluía por el día a día de la gente, algo que hasta entonces no habíamos experimentado y que dejaba el tópico de la rivalidad transandina dentro de un cajón.

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One thought on “Carretera Austral I

  1. Qué hermosas fotos!!!
    Me alegro mucho que estén logrando hacer realidad sus tan añorados sueños.
    Un abrazo gigante de quién les recuerda con cariño.
    Mis bendiciones…

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