La Junta, ese rincón mágico de Cochamó

Cochamó, del mapudungún kocha-mo, se traduce como el “lugar donde se unen las aguas”, nombre que se debe al Estuario de Reloncaví, esa parte geográfica que se percibe como una entrada de mar. Cochamó también es la capital de la comuna de mismo nombre y tiene el acceso a uno de los encantos más escondidos al sur de Chile, el valle de la Junta.

Nos adentramos en el valle de Cochamó por un camino de ripio de no más de 8 km. Llegados a este punto, una tranquera evita que accedan los vehículos, y dos estacionamientos especialmente ubicados ofrecen tarifas únicas para dejar los autos, camionetas y kombis al reparo y bajo vigilancia.

El Valle de la Junta es un refugio natural que se conserva prácticamente intacto por su aislamiento geográfico. La única forma de llegar a este paraje es a pie o a caballo, algo que sin duda le da un encanto adicional a la experiencia de conocerlo y que nos motivó sin dudarlo a adentrarnos en la cordillera.

Acá es donde por primera vez nos separamos de Baldufa, la primera noche fuera de nuestra casa con ruedas. Hicimos las mochilas, cada cual con su bolsa de dormir, aislante, abrigo suficiente, la carpa, cocinilla, utensilios básicos, y literalmente: una sopa en sobre, 200 gramos de salame, pan, un paquete de galletas, cuatro barritas de cereales, unos caramelos y el mate, claro.

A eso de las cuatro de la tarde, con los monos listos, nos acercamos a la caseta de registro del valle. Justos de tiempo, el acceso a la Junta se cierra a las 16 hs., nos dejaron pasar con la expectativa de que nuestro ritmo fuera lo suficientemente rápido como para llegar de día. Una única advertencia: “Chicos, por favor, no se me accidenten”.

Ante este comentario nuestra expresión de sorpresa nos delató y se dijo: “acá tengo a uno con fractura de pierna y viene otra lesionada en camino”, nuestras facciones dejaron de expresar asombro para vislumbrar una leve preocupación por nuestra integridad física. 

Antes de entrar observamos que todo el mundo regresaba lleno de barro y pensamos que era consecuencia de las ganas de llegar, pero poco tardamos en descubrir que nosotros regresaríamos de esta expedición en las mismas condiciones.

13 km nos separaban del corazón del valle. El sendero discurría recorriendo la ribera del río Cochamó, en un alterno de bosque húmedo, lleno de barro y claros que dejaban vislumbrar, de manera dosificada, el encanto del valle: cada mucho asomaba el granito blanco que convierte este enclave montañoso en el llamado “Yosmite chileno”, un verdadero paraíso para los escaladores del mundo entero.  

El ritmo empezó a pausarse y lo tupido del bosque adelantó la noche para nosotros cuando el sol aún permanecía en el horizonte. Si veníamos tranquilos, el anochecer no hizo más que acentuar este proceso de ralentización. El sendero se abría en tres caminos y cada paso se convertía en una decisión, camino de la izquierda, centro, derecha? Cuál tendrá menos barro? Llevarán todos a buen puerto?

Atravesábamos una especie de canal labrado por el paso de los caminantes y los caballos cuando escuchamos una especie de silbido; alertados por el sonido que no conseguíamos identificar distinguimos un galopeo a lo lejos. El volumen aumentaba anticipando el encuentro que se avecinó cuando un relincho nos sorprendió por atrás y el instinto nos mandó a girar, linternas en mano, a la desesperada. “Bajen la luz, que el caballo se asusta y me puede tirar”, hicimos caso un poco atolondrados, hasta que superado el obstáculo continuamos la marcha. Estábamos cerca del campamento pero la incertidumbre de la distancia, el desconocimiento del camino y la poco visibilidad nos hacían dar cada paso de manera premeditada. 

El momento en que del bosque se abrió al valle, fue lo más reconfortante que vivimos: un cielo despejado permitía observar el escenario natural que nos rodeaba.

El día amaneció despejado con nuestra carpa en medio del camping, básicamente la habíamos plantado donde cayó, o donde caímos rendidos. Con el sol sobre nuestras cabezas la mudamos por el bien de la convivencia. Una vez reubicados, comenzamos a darnos cuenta a dónde estábamos, a dónde habíamos llegado. 

El valle ofrece diversas actividades, en particular para los amantes de la escalada en roca y el trekking, además de unos toboganes naturales de lo mejor. Una semana no termina de alcanzar para descubrir los encantos que ofrece este cajón de paredes verticales de granito y bosques de alerces milenarios. 

Un franchute alto, delgado, vestido de jardinera, camisa verde a cuadros y botas de goma (todo un personaje imaginarán) nos dio la bienvenida, pintándonos el panorama de lo que podíamos hacer. Nuestro desconocimiento de las posibilidades de la Junta nos hizo cometer el error de subestimar la cantidad de alimentos en nuestras mochilas, (la noche de camping ya se convertía en dos noches), problema que se solucionó con el franchute convidándonos pan, un puñado de arroz, y un masticar bien lento que prolongaba el sabor de lo que estábamos comiendo.

En fin, pusimos rumbo al Cerro La Paloma, las indicaciones eran claras: “cruzan el río y después siguen el sendero que está indicado”. Cruzar el río significa literalmente pelar la pata y degustar la frescura del agua a temperatura ya patagónica. Cambiamos el calzado a “zapatillas de río”, un lujito guardado en algún momento fugaz de lucidez, y seguimos con los pies secos el resto de la caminata. En este punto, estábamos a pocos metros del atractivo más popular entre el público general, los toboganes naturales de la Junta.

En temporada alta se requiere “reservar” el acceso al valle dada la gran afluencia de público que acude a este parque acuático natural. La roca pulida por el paso del agua ha trazado una serie de trayectorias que invitan a lanzarse desde lo alto de la ladera hasta la poza que se forma bajo la cascada. Atractivo que también desemboca en una lista de accidentes poco simpáticos si la maniobra no se hizo con precaución (una lista del camping enumera fracturas “menores”, hasta un rescate en helicóptero).

Evaluamos la posibilidad de catar este atractivo pero la temperatura del agua nos empujó a seguir ascendiendo hacia nuestro objetivo del día. El sendero atraviesa el bosque ganando altura por un zigzagueo continuo hasta alcanzar la primera pared de roca que invita a trepar. Bordeando la pared vertical y subiendo, llegamos a unas cuerdas fijas que permiten superar la pendiente. Unos pasos más por el bosque y sin previo aviso se llega a un arroyito en altura, el tronco de un árbol caído es el puente para continuar, lo cruzamos sin pestañear, concentrados, unos pasos más y el bosque se abre: el camino ahora es de roca, casi horizontal, y la vista no puede ser más espectacular. Se abría ante nosotros una vista panorámica de la ladera sur del valle de Cochamó, los cerros de granito blanco uno al lado del otro con las quebradas que los separan, conforman anfiteatros naturales con infinitas rutas de escalada para los amantes de esta disciplina.

Continuamos el camino hacia el fondo del cajón hasta alcanzar su punto más alto. Los resquicios del glaciar que esculpió el valle se muestran tímidos en la parte más baja del anfiteatro, con un telón de roca al fondo que demuestra la fuerza del hielo sobre la roca.

Unos mates para recuperar la fuerza,  y vuelta al refugio. Una noche de camping que no estaba en nuestros planes y que dio lugar para interactuar con nuestro anfitrión en conversaciones reveladoras. La Junta, en el Valle de Cochamó, atrapa. Los bosques emanan una energía que se percibe como mágica, es especial. 

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