A los pies del Volcán Osorno

Continuamos rumbo al sur de lago en lago, como en el juego de la oca. Tras un breve paso por el lago Puyehue llegamos a las puertas del Parque Nacional Puyehue y con esto dejábamos atrás la región de Los Ríos para ingresar a la X Región, la de los Lagos.

Nuestro paso por el P.N. Puyehue fue breve pero provechoso. Llegamos cuando la administración había cerrado y no había a quién consultar por las opciones que ofrecía el parque. En esta misma situación se encontraban aquellos que nos acompañarían en la velada que se acercaba.

Jaques y Ann, una pareja de San Francisco que bordeaba los 60 y estaban recorriendo la patagonia en un motorhome arrendado. Todos sabíamos que estábamos en la misma, había un montón de lugares libres en el camping y nadie que viniera a cobrar o registrarnos. La solución fue la de estacionar cada uno su casa y conversar. En ese instante de confusión por colarnos en el camping fue cuando llego su invitación “Would you like to share some wine?” (en castellano: les gustaría compartir un vino?).

A media botella ya sabíamos que Jaques en su juventud había tenido una VW Kombi del año setenta y tantos, y que con ella había surfeado por las costas de California, que manejan una página de escalada y varias anécdotas que continuaron hasta que no quedó una gota de vino en las copas (bueno, en las tazas).

Vale decir que no nos colamos, al cabo de un rato llegó el guardia del camping para sutilmente invitarnos a registrarnos. Sin embargo, el hecho de compartir el lugar con nuestros compañeros del motorhome, nos permitió compartir el gasto también. Después de esto el reloj nos recordaba que al otro día teníamos que madrugar si queríamos aprovechar la posibilidad de hacer algún sendero y así llegó el momento de bajar las persianas.

La mañana estaba nublada y las probabilidades de lluvia iban a aumentar con el paso de las horas. Nos apresuramos a elegir un sendero que no fuera excesivamente largo, y emprendimos la marcha por el medio de un bosque en el que se respiraba la humedad del ambiente desde el suelo hasta lo más alto de los árboles.

Comenzamos a ganar altura, y al quedar descubiertos por los árboles: lluvia. Primero unas gotas tímidas, pero con el correr de los minutos la cosa empeoraba. Llegamos a un mirador (sin la certeza de si era el final del sendero o un punto intermedio) y dimos media vuelta. Después de lo empapados que habíamos terminado unos días atrás continuar caminando bajo la lluvia fue desestimado de forma directa.

Nos montamos en Baldufa más mojados que secos pero sin llegar a un nivel drámatico, y retomamos la ruta hacia el punto de partida para ascender al volcán Puyehue. Para el ascenso se debe ingresar a terrenos privados y no encontramos a nadie en dicho recinto, salvo unas crías de jabalíes que campaban contentas por el pasto de la estancia.

Mientras buscábamos a quien nos diera el ok para ingresar nos cruzamos con un guía apresurado con la vista al rojo vivo. Nos dijo que para ascender lo ideal era hacer noche en un refugio para al otro día atacar la cumbre y regresar a la base. La climatología junto con la hoja de ruta aconsejada nos hizo replantear la situación y poner rumbo al próximo punto de nuestro viaje.

Para llegar al lago Llanquihue, el segundo más extenso de Chile, agarramos una ruta rural con un ripio horrible, alucinamos con espejismos de asfalto en cada cruce que se sucediera para conectar pequeñas aldeas entre los lagos.

La ruta marchaba al sur y a lo lejos se divisaban imponentes el volcán Puntiagudo y el volcán Osorno. Con esta vista y rodeados de campos de cereales desconocidos tuvimos que detenernos para hacer unas tomas con el drone.

Es más la anécdota que lo que se pudo salvar de la grabación. El campo estaba sin trillar y cercado por el típico alambre con púas para evitar que nadie entrara. Levanté el drone de a poco, intentando conseguir un ascenso equilibrado, y sin síntomas de viento en las ramas de los árboles empezó a escaparse de mi control. Sabemos que en altura el viento es mayor pero es prácticamente imposible saber cuándo llegará una ráfaga a 30 metros de altura. El drone comenzó a alejarse cada vez más hasta que tomé la decisión. Con miedo a perder la señal y que desapareciera a la deriva lo tiré al suelo donde aún pudiera encontrarlo, el campo de trigo.

Corriendo como loco por en medio del campo llegué donde pensé que encontraría mi juguete. La distancia me había pasado una mala jugada y no estaba allí. Zig – zag para aquí, barrido para allá. Pip pip. Estaba ahí cerquita pero no lograba verlo. Pip pip, caliente caliente, quema, acá está!

Con la lección aprendida (Carla se reía a carcajadas de haberme visto “saltar como una gacela”) volvimos a agarrar la ruta y ahora sí, no paramos hasta llegar a Puerto Octay. Este pequeño pueblo da la bienvenida a la región con una influencia (bien marcada) de colonos alemanes de principios del siglo XX.

En sus calles se identifican las casas originales de la época, las cuales distinguen por el peculiar estilo arquitectónico, y por una placa donde data la fecha de construcción y el nombre de quien reside allí. Los apellidos germánicos (e impronunciables), son un común de las casas más antiguas, y las tejuelas de madera en las paredes abundan.

Las orillas del lago Llanquihue fueron en su momento el refugio ideal para alemanes exiliados durante la primera guerra mundial, o simplemente emprendedores que buscaron en este rincón del planeta un ambiente familiar a su país de origen. Tras dar un par de vueltas por la localidad dimos con una calle tranquila en la que pasar la noche y dormir a tocar del lago.

Amanecimos rodeados de bandurrias, una ave del lugar con un pico largo y curvado, y con un volcán que asomaba entre las nubes en el extremo más oriental del lago. El siguiente punto a conocer quedaba muy cerca de donde habíamos desayunado, apenas 24 km hacia el sur encontrábamos Frutillar.

La arquitectura, el orden y la pulcritud que se respiraba en sus calles nos trasladaba a una bavaria auténtica que late alrededor de la costanera que bordea el lago con vistas al Osorno. El paso por la oficina de turismo local nos dirigió directos a callejear la cuadricula de Frutillar hasta llegar a la entrada del Museo Colonial Alemán.

Un museo que replica las construcciones de la época de la colonización, con pinceladas de historia y testigos materiales de cómo se vivía en ese entonces. Entre los objetos que uno podía contemplar se encontraban los mecanismos que empleaban los habitantes de la época para procesar la manteca o trillar el trigo, un verdadero mérito. Y la más merecida alabanza para aquellos que idearon todas esas uniones y rótulas para facilitar el trabajo (este es un comentario de ingeniero sorprendido con lo que la gente era capaz de hacer más de un siglo atrás).

El volcán seguía sin lucir en todo su esplendor y el cielo empezó a cubrirse hasta descargar su rabia sobre nosotros. Acá fue cuando nos refugiamos en una calle con estacionamientos techados a pasar ese lluvioso atardecer, y aquí parecen los próximos actores de nuestra aventura.

Ya de noche y con la mirada clavada en el computador alguien se paró frente a Baldufa y saludó. Saludamos, nos miramos con Carla y llegamos a la conclusión que esa pareja quería decirnos algo. Abrimos la puerta y conocimos a Coty y a Luis, ella de Santiago, él de Guaymallén. Venían viajando en kombi, como nosotros!

Un conjunto de factores hicieron de esa noche una velada más que enriquecedora. En Puyehue aprendimos una lección importante: hay que llevar una botella de vino porque uno nunca sabe cuándo aparece la ocasión de compartirlo. Las personas con quien tomarlo llegaron a nosotros en el momento justo. Charla, vino, fideos, historias del camino y del mundo de las kombis hasta que un chaparrón de buenas noches nos obligó a posponer la conversación para el otro día.

Seguíamos sin ver el Osorno en su totalidad, pero las nubes empezaban a disolverse y el momento de continuar viaje se acercaba. Tras un desayuno en compañía y un retrato para perpetrar el encuentro pusimos a Baldufa con rumbo a Puerto Varas.

Puerto Varas es el epicentro de actividades entorno al lago, donde se concentran la mayor parte de operadores turísticos, restaurantes y de más. Con todo esto, la cantidad de gente y autos en las calles rompían con la tranquilidad que veníamos encontrando.

Esto y una mala experiencia en un estacionamiento subterráneo más bajo que lo indicado en la señalética nos empujaron a huir de este centro urbano hacia un sector más rural. Nos dirigimos hacia la cordillera bordeando el lago por una ruta semipanorámica hasta pasar por la misma falda del volcán. En este punto se pierde la apreciación de este cono perfecto y empezamos a bordear el río Petrohué.

Llegamos a los Saltos del Petrohué a las 7 de la tarde. Parecía que estaba cerrado pero dimos una vueltita y conseguimos superar el edificio de entrada. Fue entonces cuando nos topamos con Ludvic, el guarda del lugar. Se nos acercó y con una sonrisa en la cara nos mostró la forma más amable y simpática de decir que no podíamos pasar. Tanto fue así que la contentura de haber encontrado a alguien como él nos hizo olvidar por momentos que aun no sabíamos dónde dormir.

La decisión fue fácil: en el estacionamiento. Amanecimos, rutina de cada mañana y partimos risueños hacia la entrada con la ilusión de ser los primeros. En la portería nos bajaron el pulgar: “no se puede usar drone en esta reserva”. Vuelta a la kombi para dejar al bicho volador y encontrarnos con una horda de turistas bajando de autobuses que venían de frente cual “zombies”

Digamos que no quedó más que resignarse a descubrir el lugar con las circunstancias que tocaban. En el interior del Parque hay varios senderos y nos dedicamos a hacerlos todos para dejar la guinda del pastel cuando los tours ya hubieran pasado.

La técnica funcionó y no solo eso, cuando llegamos a los Saltos nos esperaba un sol espléndido con un volcán Osorno reluciente coronando el paisaje. Espectacular, el paisaje, el sonido del agua, el trabajo de tallado en la roca y la poca cantidad de gente en el lugar. Ahora sí estábamos satisfechos y podíamos avanzar.

Seis km más adentro se alcanza el Lago de Todos los Santos, que según nos contaron, antaño  estaba unido al Llanquihue hasta que una erupción del volcán habría separado la cuenca original en lo que hoy conocemos.

Una vuelta en bote a precio de remate por el lago nos dejó ver el Osorno y el Puntiagudo desde una perspectiva distinta, además de acercarnos a la “casita flotante de muñecas” que los Edwards idearon para las niñas de la familia.

Con los pies en la tierra nos aventuramos a recorrer el sendero desolación. El nombre está bien elegido ya que uno camina y se eleva por las antiguas coladas de lava y por la ladera del volcán donde con los pasos la vegetación se empobrece hasta quedar en la nada. Llegamos al mirador que nos habían indicado con el tiempo justo para tomar unos mates y regresar, sin siquiera imaginar los que les contamos en la próxima crónica.

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