Welcome to the Valdivian Jungle

La lluvia que nos mojó en Epulafquén no era más que el presagio de lo que se venía. Una vez secos en cuerpo y ropa retomamos la ruta al sur bordeando el lago Neltume. Llegábamos a las arcas de la Reserva Huilo Huilo y el entorno que la rodea.

Baldufa se desenvolvía de forma insuperable bajo la lluvia y aterrizamos a media tarde en Puerto Fuy, una escueta aldea a orillas del lago Pirihuenco. El agua nos mantuvo sitiados en el interior de Baldufa sin poder conocer lo que ofrecía el lugar e invitándonos a dedicar esa tarde-noche a esta web.

A la mañana siguiente el cielo amaneció cubierto, pero el agua quedaba retenida en las nubes, fue entonces cuando Baldufa hizo su primera amiga, la Magallánica. Una combi que requería de batería y la familia al completo que transportaba fueron nuestros compañeros de amanecer.

El tiempo se mantenía inestable y la reserva Huilo Huilo estaba a tocar, decididos fuimos a conocer este parque del que habían llegado maravillas a nuestros oídos. Ingresamos por el acceso norte y conocimos uno de los senderos, el cual nos llevó al encuentro con una familia de jabalíes, una manada de ciervos y un museo hecho de material volcánico. En resumen, no vimos lo más atractivo del parque y salimos con sabor a poco.

Continuamos nuestro camino hacia el lago Panguipulli con una parada en el discreto municipio de Choshuenco para alimentarnos frente a la costa. De nuevo la lluvia alertaba que teníamos que buscar un lugar para repararnos de ella y así fue que pusimos la directa hacia Valdivia.

Allá nos esperaban con los brazos y las puertas abiertas nuestros amigos vascos: Idoia, Axun y Jesús. Con ellos pasamos lo que se podría definir como un fin de semana de reclusión familiar. Asado in extremis bajo la amenaza de lluvia, tortilla de papas, vino y juegos de mesa para pasar los días grises en la costa de Niebla.

Con el principio de la semana y la despedida de nuestros anfitriones empezábamos a enfrentar las tareas que habíamos pospuesto hasta el momento. El cielo se había despejado y el primer objetivo fue encontrar a alguien que pudiera revisar a Baldufa. Así, después de dar un par de vueltas por la Valdivia cotidiana dimos con nuestro eléctrico en el sur. Fueron dos días en los que literalmente vivimos al lado del taller.

Con las reparaciones hechas pudimos iniciar el descubrimiento de Valdivia y sus alrededores. La costanera concentra un mercado pesquero que cerca de las tres de la tarde muta a mercado artesanal. Cada día, este mismo espacio alberga reclamos tan distintos como son el pescado y las artesanías.

Cruzando el puente sobre el río Calle Calle se accede a la Isla Teja, una pequeña isla que acoge el campus de la Universidad Austral de Chile y un jardín botánico que recopila un sinfín de especies que conviven en su tierra.

El jardín se convierte en un pequeño laberinto que permite asomarse a la orilla de los ríos que rodean la isla y que hace que uno se pierda hasta salir en otro punto cualquiera del predio universitario. Matecito de media tarde con vistas al paseo valdiviano y a los distintos botes repletos de turistas que aprovechaban el día soleado que ponía fin a una semana lluviosa en exceso.

Cargamos provisiones y seguimos hacia el sur, esta vez resiguiendo el borde del estuario y visitando la archiconocida y amada fábrica de cerveza Kuntsmann. Al lado de la ruta, con una parada de bus personalizada, se concentra la actividad de esta cervecería que en sus inicios era meramente artesanal y que el público hizo crecer hasta lo que es hoy.

Todo un show alrededor de la cerveza con tours históricos y sobre el proceso de elaboración de este brebaje a bordo de una kombi maquillada para la ocasión. No, no hicimos el tour porque era saladito así que optamos por la degustación de una Kuntsmann recién tirada. Todo el entorno se encuentra ambientado en un origen alemán, al punto que en el restaurante los clientes habituales guardan sus jarras personalizadas en pequeñas jaulas para darle uso siempre que asistan al lugar. Lo mejor, y contrario a lo que uno podría pensar, no hay que pagar nada para tener un lugar allí, solo se debe ser un amante de la cerveza y asistir periódicamente a la misa cervecera del local.

Desde aquí llegamos a Niebla donde hicimos noche para al día siguiente cruzar a Corral. Sí, cruzar, después de los km recorridos y por primera vez, íbamos a subir a Baldufa en un ferry. Atracamos en Corral después de un breve paseo por la entrada de mar en el que perfectamente se identificaba el motivo por el que los colonos, en su momento, se instalaron en esas tierras.

Una vez en tierra nos dimos el gusto de comer una docena de empanadas (las de camarón con queso) en la feria costumbrista del lugar. Y  con la panza llena nos dedicamos a recorrer las calles de esta pequeña localidad que se ha establecido entre subidas y bajadas en el borde sur de la desembocadura del río Valdivia.

Unos 30 km al sur de Niebla, se ubica Chaihuin, un pueblo que podría ser una colonia china por su nombre pero que en realidad es una pequeña aldea que da entrada a dos reservas naturales de la región. Llegamos a media tarde después de haber recorrido la costa al borde de sus acantilados. Nos acercamos a la Reserva Costera Valdiviana, un parque gestionado por una ONG estadounidense que tiene a su amparo los colmillos de Chaihuin, formación rocosa que emerge del mar a un centenar de metros de la costa y una enorme cantidad de hectáreas de selva valdiviana en estado puro.

El acceso al corazón de la reserva requiere de 4×4 de forma declarada así que tuvimos que quedarnos en la parte más externa de este parque. Nos adentramos en el sendero que permitía visualizar desde cerca los colmillos y la colonia de aves que los pueblan. Con varios miradores y una serie de carteles explicativos que muestran un cuidado dedicado del parque por parte de su gestora. El camino nos llevaba a la playa donde lamentablemente los residuos ya se hacían presentes, basura en la arena y hasta un pañal usado, triste.

Al abandonar el parque aún alumbraban los últimos rayos de sol y Baldufa había empezado a hacer un ruido que no correspondía, menos justo después de haber reparado los problemas eléctricos durante nuestra estadía en Valdivia. Acá fue donde nos animamos a desarmar para ver que estaba pasando.

Como suele pasar cuando uno tiene un problema en una kombi, apareció un mecánico del cielo que nos hechó una mano y en poco rato dimos con el problema y la solución, un tornillo suelto nos estaba dando dolores de cabeza, por lo que se puso en su lugar y listo. El día ya no daba para entrar a conocer los senderos que había que recorrer así que nos establecimos al borde del río homónimo y nos dedicamos a cenar y sacar un par de fotos.

Con el nuevo día nos adentramos al segundo atractivo natural de la zona, el Parque Nacional del Alerce Costero. En su superficie, la CONAF gestiona el bosque nativo de alerces en el entorno de la selva valdiviana dando acceso a varios senderos cortos para poder familiarizarse con la reserva.

Durante la mañana pudimos recorrer los tres senderos que nos habían indicado en la entrada y disfrutar de la selva desde su interior y desde la panorámica que ofrecían los miradores de hasta 12 metros de altura que había construido la administración del parque.

Una vez explorado todo a lo que podíamos acceder de forma sensata con Baldufa en el interior de este Parque Nacional, pusimos rumbo hacia el interior por el camino que unía Corral y Niebla antes de que existiera el transbordador.

Un camino de ripio poco transitado bordeaba constantemente el estuario, y después los ríos que afluían a éste. En la ruta era imposible no detenerse a contemplar y retratar las vistas que se dejaban ver al antojo de la selva y así el trayecto sobre una ruta en estado bastante regular se hacía más agradable. La travesía terminó siendo más larga de lo previsto, llevándonos a aterrizar en modo nocturno a Futrono, a orillas del Lago Ranco para descubrir este circuito en otro post.

1436total visits.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *