Desembarco en Chiloé, el norte de la isla

Salimos de Puerto Montt por el último tramo de la Ruta 5 continental en dirección a Pargua. Esta pequeña localidad gira entorno a las innumerables barcazas que mantienen de forma continua la conectividad entre la isla grande de Chiloé y el continente.

Avanzábamos por la ruta en soledad y acompañados únicamente por una densa niebla que apenas nos permitía ver unos cinco metros por delante de nosotros. Por la vía rápida, siempre pensando en velocidad de kombi (80 km/h) llegamos al punto en que la ruta se hundía en el mar.

Era de noche y no queríamos desaprovechar la vista que nos podía ofrecer este cruce náutico así que aposentamos a Baldufa en un estacionamiento de camiones que en verano se utiliza para regular el paso de vehículos a los ferrys que hacen el cruce a Chiloé.

Preguntando por la seguridad de la zona dimos con Luis, quién nos indicó que un poco más adelante había una caseta donde los guardias de la naviera estaban permanentemente y que podíamos estar más resguardados. Tras escucharlo fuimos hasta la ubicación que nos había dicho y ahora sí, teníamos donde dormir. Todavía no bajábamos de la kombi cuando Luis volvió a aparecer. Nos ofreció pasar la noche en su patio (dijo que tenía estacionamiento de sobra).

Viajando uno aprende que cada gesto e invitación de las personas locales son la mejor forma de enriquecer y agrandar la lista de experiencias durante la ruta e indudablemente aceptamos su hospitalidad. Pasta de cena, vino blanco, un café, y anécdotas compartidas hasta la 2 am. Al otro día, cada cual cumplió con sus obligaciones, nuestro objetivo: llegar a Chiloé.

Pocos minutos después de haber puesto en marcha a Baldufa y sin tiempo a que esta entrara en calor ya nos encontrábamos ubicados en la barcaza que nos llevaría a Chacao, la puerta de ingreso a la Isla Grande de Chiloé.

En el lapso que duró el ferry disfrutamos de la vista de la costa chilota y de la fauna que curiosa se acercaba al casco de la embarcación. Pingüinos, lobos marinos y un sinfín de aves marinas iban acompañándonos en nuestro trayecto. 

Llegamos a la isla, sí! Después de 50 días de haber salido de Santiago dejábamos el continente para adentrarnos en la aventura de descubrir este archipiélago de más de 40 islas y recorrer los más de  200 km de longitud de la isla mayor.

A

Nos acercamos a una iglesia cercana y una artesana nos dio la bienvenida diciendo “Chacao es solo la entrada, en unos km entenderán lo que es la isla”. Ante estas palabras decidimos revisar la guía que teníamos a mano para decidir a donde nos dirigíamos.

Continuamos por la ruta 5 sur, el apéndice insular de la ruta que recorre Chile de Arica hasta Puerto Montt, y pusimos rumbo a Ancud, la primera ciudad de la isla. Ya en la urbe recorrimos su costanera y nos animamos a llegar al mirador del cerro Huaihuén, que ofrece una panorámica de la ciudad y la costa que cuesta igualar. De acá y para mantener la costumbre de nuestras incursiones urbanas, nos arrimamos a la plaza de armas y conversamos con el personal de turismo para complementar lo que cuentan los libros.

Los atractivos urbanos estaban cerrando y decidimos posponer la visita urbana en beneficio de lo natural, la península de Lacuy. La ruta resigue la costa hasta que se adentra en el istmo y es en este punto en el que el camino hacía los puntos de interés se bifurca.

Doblamos al norte manteniéndonos en el asfalto, unos km más allá un camino ripiado y con fuertes sube y baja nos daría unas vistas espectaculares de la costa más septentrional de la isla. Llegamos al faro corona, el que resguarda a los navegantes que ingresan desde el pacífico hacía el Canal de Chacao.

Al deshacer la ruta para continuar, el sol brindaba una luz espectacular que entre acantilados y lomas verdes era digno de pintura (si alguno de los dos supiera pintar). Continuamos recorriendo los caminos de ripio que por A o por B siempre conectaban con algún punto ya conocido. Esta red de senderos no aparece en los mapas ruteros pero son el día a día de todas aquellas familias que viven al borde del océano.

Ya con el sol bajo el horizonte y perdidos en este laberinto rural llegamos a la playa de Guabún. Un sistema de dunas nos reparaba del viento y convertía el lugar en un alojamiento perfecto. Tras el café reparador de las mañanas armamos los bártulos y continuamos por esta península, rumbo al sur, el destino: Monumento Natural Islotes de Puñihuil. Este conjunto de rocas emergentes en el mar conforman una de las colonias más activas de pingüinos magallánicos y Humboldt.

La ruta llegaba a su fin en la misma playa, una vertiente cortaba el camino y nos dispusimos a estacionar para continuar la marcha a pie. Del otro lado, un joven nos hacía señas para que avanzáramos. Nos miramos  con Carla para convencernos el uno a otro que meter a Baldufa en la playa era la mejor opción de las que manejábamos en ese momento. Tras un silencio corto y un gesto afirmativo mutuo, pusimos primera y aceleramos hasta superar el riachuelo que nos separaba de la playa de arena compacta.

Esta arena parecía hecha para andar por ella, ni un surco. Avanzamos unos metros y llegamos a la zona de estacionamiento. Cómo íbamos a estar en la pingüinera y no acercarnos a los islotes? Con las dotes persuasivas de Carla conseguimos un buen precio para adentrarnos en el Pacífico y bordear este monumento natural.

En los siguientes 40 minutos pudimos observar los últimos pingüinos que habitaban la colonia y otras aves marinas como el cormoranes, patos quetru y jotes. Si bien la época no era la mejor, los pingüinos migran a finales de febrero hacía las aguas de más al norte, el sol brillaba sobre nosotros y pudimos ver de cerca algunos ejemplares que quedaron “colgados” en las rocas y perezosos de inmergirse en el océano.

Atravesando la playa, renacía la ruta por una pendiente abrupta que llevaba a lo alto de los acantilados. El camino bordeaba los campos de los poblareños ofreciendo una vista panorámica de la costa y cada tanto encontrábamos un mirador con postales espectaculares.

Recorrimos Punta Almanao y llegamos al mirador de Pumillahue, un sendero privado permitía descender por la ladera escarpada hasta la misma playa. Sin lugar a dudas el paso por esta ruta fue un acierto y nos llevamos con nosotros las vistas de esta costa abrupta en otro día soleado como regalo de la isla.

996total visits.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *