Epulafquen, pasados por agua

El lago Calafquen empezaba a quedar atrás y el lago Pellaifa se dejaba ver desde la ruta. De a poco nos adentrábamos de nuevo en la cordillera y el verde de los bosques invadía nuestra vista. Nos dirigíamos de forma directa a realizar un trekking desde el que se podía observar lagos, volcanes y cumbres de Chile y Argentina.

El asfalto se terminó y el traqueteo de Baldufa sobre el ripio marcaba el andar. A pocos kilómetros del paso internacional Carirriñe encontramos el cartel que estábamos buscando: Epulafquen. Epulafquen significa en mapudungun “lagunas gemelas”, y a su vez da nombre al sendero que conduce hasta ellas. Dimos con Francisco, quien nos guió a través de este sendero privado  armado por él mismo invierno tras invierno. La caminata era larga y acordamos partir al otro día bien temprano.

Ese día hicimos el récord de madrugón: 6 a.m. Después de armar las mochilas y tomar un café más que necesario, iniciamos la marcha a través de un pórtico que nos daba la bienvenida a este sendero particular. El camino se encontraba marcado por una ave rapaz sobre la corteza de algunos árboles elegidos estratégicamente para guiar el rumbo de los senderistas.

Media hora después de salir nos encontrábamos inmersos en un bosque de tepas, mañíos, raulíes y otras especies propias de la región. Una serie de pasarelas artesanales nos permitían sobrepasar los cursos de agua que salpicaban la huella. De la misma forma un conjunto de escalones permitían ascender por las empinadas laderas del cerro embarrado.

El trayecto se recaracoleaba para seguir avanzando a lo más profundo del bosque y encontrar una mesada ideal para un tentempié. El primer descanso y la mirada hacia el cielo para ratificar que no había intención de dejar ver el sol entre las nubes.

Entre pasos fluía la conversación y pudimos averiguar como nació este parque que para Francisco es el patio de su casa. Así descubrimos como unas décadas atrás la propia CONAF motivó a los propietarios de terreno forestal a plantar eucaliptus, una especie introducida y destinada principalmente a su explotación en la industria maderera. Hoy en día la misma organización trabaja para incentivar el bosque nativo y así proteger las especies propias del lugar. Imaginamos que en su día la mano negra de la tentación y los intereses económicos actuó para generar directrices contrarias al bien del ecosistema forestal chileno.

De la misma forma nos enteramos que la existencia de araucarias, especie protegida en Chile, en tu terreno puede conllevar que éste sea declarado “parque nacional” y por consiguiente gestionado por parte de entes gubernamentales.

Las horas de caminata dejaban su rastro en nuestra memoria tanto en lo visual como en lo conversado durante el trayecto. Sin señal alguna que permitiera predecirlo alcanzamos la cota en la que el bosque se convierte en vega. Era el punto ideal para prender una pequeña hoguera, calentar café y reponer fuerzas con unos sanguchitos.

Mientras disfrutábamos de este almuerzo improvisado las nubes pasaban sobre las aristas de los cerros dejando entrever algún rayo de sol. Parecía que incluso íbamos a tener suerte con el clima y podríamos llegar secos a casa. Viendo esto nos apresuramos a apagar el fuego en condiciones y retomar la marcha ascendente hacía la cumbre del cerro Cóndor.

La veguita dio paso al roquerío y empezamos a ganar altitud de forma más rápida. De camino a la cumbre pudimos ver el refugio natural que ofrecía una roca de dimensiones descomunales, ideal para instalarse a su amparo en caso de lluvia o viento. Una fina lluvia empezó a humedecer el ambiente y poner en funcionamiento la ropa llevábamos puesta.

A medida que ascendíamos nuestra exposición aumentaba y fuertes ráfagas de viento empujaban la lluvia hacia nosotros cual agujas. Llegamos a la ruta directa para alcanzar la cúspide de la montaña, unas cuerdas fijas ayudaban a superar el fuerte desnivel de la ladera. Antes de empezar a subir nos detuvimos unos segundos, la lluvia se había intensificado y el viento nos azotaba con tanta fuerza que hacía volar a Carla.

Llegamos a la mitad de la cordada y viendo la situación desistimos de seguir por esa vía. Regresamos al punto más bajo de la cuerda y al llegar allá la lluvia y el viento amainó. Podíamos bordear la cumbre y subir por la cara norte que cuenta con una pendiente más suave, y estando tan cerquita, nos animamos.

En pocos minutos estábamos en la cumbre, bajo las nubes se divisaban distintas lagunas chilenas y argentinas que sin duda en un día soleado conformaban una vista de postal. Mientras sacamos la foto de rigor la tormenta remetió con fuerza y terminó de mojar las pocas prendas que nos quedaban secas.

Ahora sí, era el momento de volver y hacerlo de la forma más rápida posible. Bajamos contra el viento y entre pinchazo y pinchazo la lluvia no permitía ver a más de dos pasos. No hay registro de la bajada, nuestra preocupación era llegar y cuánto antes.

Empapados llegamos a ese refugio natural que comentábamos unos párrafos atrás y tomamos un té calentito con el agua que habíamos acarreado en el termo. Una decisión acertada que de forma efímera nos concedía sensación de calidez en el cuerpo. Con las tazas vacías nos reenfocamos en nuestro objetivo, llegar a Baldufa y buscar ropa seca y mantas.

Así el camino de bajada fue tomando un aire más helado a medida que íbamos avanzando. El viento cesó al adentrarnos en el bosque pero en todo momento el agua hizo acto de presencia convirtiéndonos en cataratas andantes.

Después de más de tres horas bajo la lluvia empezamos a reconocer lo que fue el inicio del sendero. Estábamos muy cerca y sí, justo al llegar dejó de llover y a los minutos retomó con la misma fuerza.

Rápidamente nos quitamos la mochila, ropa, y botas mojadas para entrar a la kombi a recuperar temperatura bajo las bolsas de dormir y el té caliente con en el que veníamos soñando todo el camino. Unos 20 minutos después el episodio estaba superado. En ese instante tomamos la decisión más acertada del día, ir en búsqueda de una cabaña con estufa.

Prendimos a Baldufa y dejamos que entrara en calor unos 10 minutos. Arrancamos bajo la lluvia, el limpiaparabrisas funcionaba a todo pasto y relegaba al ripio al segundo lugar de las preocupaciones. A pocos kilómetros se encontraba Liquiñe, nuestra esperanza para encontrar donde secar nuestras prendas.

Tras consultar en varios hospedajes dimos con el que nos acomodaba, un precio económico y una estufa en un living espacioso. Estacionamos frente a la puerta y empezamos a bajar todo lo que estaba empapado.

Prendimos el fuego y literalmente convertimos esa cabaña en un “tender” gigante. Con el paso de la noche y la mañana siguiente habíamos recuperado el 90% de nuestra ropa y estábamos en condiciones de poner rumbo al sur de nuevo.

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One thought on “Epulafquen, pasados por agua”

  1. Linda aventura amigos no abia leido esto se pasaron fue un placer compartir con ustedes gracias gracias y suerte en todo

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