Pucón y la ruta de los 7 lagos

Llegamos a Pucón, territorio ya conocido por nosotros en unas circunstancias muy distintas. El invierno y el verano reconfiguran completamente esta ciudad que vive entorno al lago Villarrica y al volcán homónimo.

En pleno febrero la orilla del lago Villarrica se puebla de sombrillas, reposeras y vendedores ambulantes en cada centímetro cuadrado de arena volcánica. Para ambos el concepto de playa se asociaba al mar, ya sea mediterráneo, atlántico o pacífico. Pero en el sur de Chile, no es así, la playa también está en los lagos.

No dejamos pasar la oportunidad de “turistear” un poco y plantar toallas, revista y almuerzo frente a la costa lacustre. Pudimos ver y escuchar los clásicos cánticos playeros ofreciendo desde cuchuflís y mote con huesillo, hasta hamacas inflables de última generación y bolsas impermeables para que la gente lleve el celular hasta el fondo del mar. Se puede decir que la playa ofrece una diversidad de fauna digna de reserva nacional costera.

En esos días pudimos reencontrarnos con amigos de otros viajes y compartir cervezas y cena entre conversaciones que rememoraban momentos, se remontaban al presente e incluso  a suposiciones de un futuro. Pero mientras esto era así de festivo no muy lejos algo empezaba a andar de forma extraña. Baldufa había enfermado.

Sin aviso previo nuestra kombi decidió que cuando la apagábamos ella quería mantener sus luces prendidas. Esto nos llevó a que la única forma de arrancar fuera haciendo puente o empujándola un poquito. Ante esta situación decidimos que un camping y un mecánico sería la mejor opción para poder continuar nuestra ruta.

Así fue que nos instalamos en un camping escondido a las afueras de Pucón para iniciar un proceso de limpieza de casa, ropa y resolución de los problemas eléctricos de nuestra acompañante de viaje. A media tarde salí del camping montado en Baldufa en búsqueda de un taller eléctrico. Lo encontramos y al parecer todo andaba en orden…la sorpresa mayor fue cuando al cortar el contacto el motor se mantenía en marcha. Llave en mano y el traqueteo del ralentí continuaba incesante. El eléctrico no mostró ni la más mínima intención de inspeccionar a la enferma y no quedó otra que volver a la base de operaciones y calar el motor para detenerlo.

Ya de regreso al camping, la voluntad propia de Baldufa se hizo presente. Tras manosear el enredo infinito de cables bajo el tablero a la cacería del causante de la falla y sin encontrar la respuesta de forma cierta, el contacto volvió a funcionar. No pregunten. Al parecer Baldufa decidió que había llegado el momento de continuar el viaje.

Al día siguiente recogimos la ropa que teníamos repartida por el camping en su proceso de secado y partimos hacía el Parque Nacional Villarrica para incursionar en la falda de este volcán que rige la actividad económica de la ciudad. En invierno su falda teñida de blanco aloja el centro de ski y en época estival los tours de ascenso a la cumbre generan hiladas de turistas cúal hormigas en búsqueda de alimento.

El ascenso al volcán es, sin lugar a duda, el mayor reclamo turístico de la zona para los visitantes de todo el mundo que se allegan a esta ciudad. La CONAF gestiona los permisos de ascenso en base a un listado de guías de montaña y los touroperadores que ofrecen la excursión a un precio que oscila alrededor de los 100 US$ por persona. Esto convierte en excluyente el hecho de tener un título de guía o someterse a la oferta de tours independientemente de la experiencia andinista que pueda tener uno a sus espaldas.

Curiosamente aún con la plaga de incendios que arrasó con más de 500.000 hectáreas de bosques y que generó el cierre de los parques y reservas gestionadas por la CONAF, el Parque Nacional Villarrica fue la excepción. El mercado turístico continuó ofreciendo el ascenso al volcán probando que es uno de los motores económicos del entorno del lago Villarrica.

Nos adentramos en el parque con el objetivo de realizar el sendero mirador de los cráteres. Unas nubes amenazantes nos acechaban y a medida que avanzábamos el bosque y el cielo se cerraban. El camino discurría entre árboles nativos y la fauna del lugar. Incontables lagartijas cruzaban el camino en búsqueda de los pedacitos de sol y como quien cruza la calle corriendo por la proximidad de los autos, ellas lo hacían a nuestro paso.

Sin darnos cuenta llegamos al punto en que nos daríamos la vuelta. A unos quince metros de la huella se dejaba espiar un pájaro carpintero en plena labor. Toc toc toc, el sonido del pico clavándose en la corteza del árbol retumbaba en el bosque. Ese fue el momento en que nos dimos por satisfechos e iniciamos el camino de regreso.

La decisión fue la acertada, 5 minutos más tarde llegaba la lluvia. Durante la vuelta tuvimos la suerte de encontrarnos otra vez con esta especie, ahora más cerca. Estábamos bajo el árbol en que el carpintero estaba prospectando para encontrar su víctima. Prácticamente alcanzábamos a tocarlo, era como mirar la luminaria del alumbrado público desde su base. Muy cerca. Muy satisfechos.

En la XIVª Región, la región de los Ríos cuenta con uno de los circuitos turísticos más demandados en los meses de verano. Al sur del lago Villarrica (IXª Región), un conjunto de siete lagos entrelazados por rutas panorámicas son los responsables de la afluencia de visitantes a este destino lacustre: Panguipulli, Calafquén, Pirehueico, Pellaifa, Riñihue, Neltume y Pullinque. En nuestra pasada por estas regiones pudimos conocer parte de este circuito y la cosa fue así.

Desde el parque nacional retomamos la ruta hacia el sur, el lago Calafquen nos esperaba y alcanzamos su orilla en Licanray. Un bullicio de gente andaba por la calle principal repleta de negocios, restaurantes y bares.

Nos asustamos con tanta circulación y decidimos alejarnos del centro de la ciudad. “Doblá en la primer calle que puedas” dijo Carla y se hizo su palabra. Llegamos a la costanera, un paseo ancho en el que cada quien decidía si andar por las baldosas o por la arena de Playa Grande.  El sol empezaba a esconderse tras el horizonte del Calafquen y nosotros decidimos que ese lugar iba a ser nuestro escenario para la cena y dormir.

Al día siguiente amanecimos temprano y sin nadie en la calle pudimos redescubrir Licanray. Nos acercamos a Playa Chica y los muelles se encontraban huérfanos a la espera que llegaran las primeras embarcaciones y sus tripulantes. Aprovechamos la ocasión.

Con el sol agarrando altura nos dirigimos a Ziwilwe, una pequeña península que divide las playas de la ciudad y que es gestionada por la comunidad mapuche del lugar. En su interior una encrucijada de senderos permiten llegar a miradores, riveras e incluso un centro cultural mapuche donde se ofrecen artesanías y comidas típicas de este pueblo originario.

Durante el recorrido por su interior descubrimos pequeñas calas paradisíacas que hacían olvidar que a pocos metros se estructuraba un centro turístico como es Licanray. Tal fue el encanto de estos lugares que decidimos calzar bañador y bikini para echarnos un chapuzón en las aguas más cálidas que habíamos encontrado. Literalmente la costa era nuestra y una vez refrescados dejamos pasar el tiempo con unos bocatas de jamón y el silencio del entorno.

Continuamos el recorrido saliendo de la burbuja mapuche y chocando de frente con un panorama completamente distinto al que habíamos dejado al ingresar al istmo. La ciudad había despertado y de la arena habían surgido las sombrillas cual setas tras la lluvia, ideal para salir de allí corriendo.

Bordeamos la costa noreste del lago y nos dirigimos hacia la cordillera hasta alcanzar prácticamente el límite internacional con Argentina. Lo que pasó allí en el siguiente post.

2731total visits.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *