La Araucanía y sus parques II

El camino que une Malalcahuello con Lonquimay transcurre entre lomas y cerros aprovechando los valles generados por los cursos de agua. Esto es así hasta que llegamos a la boca del Túnel Las Raíces.

Éste fue en su día el túnel ferroviario más largo de América con sus más de 4 km de longitud y a fecha de hoy, se convirtió en un paso vehicular que mejoró sustancialmente la conectividad entre Lonquimay y Curacautín.

Un sistema de semáforos en las bocas rige el sentido en el que los vehículos circulan por sus poco más de 4 metros de ancho. Un paso por el pasado adaptado a las necesidades de hoy.

De aquí el camino continuaba con la misma tónica que antes de adentrarnos en la montaña hasta llegar al municipio de Lonquimay y unos km más adelante Liucura.

En este punto abandonábamos el asfalto para volver a nuestro querido ripio. Esta vez Baldufa mostró todo su empeño y dedicación para llevarnos a velocidad de record al siguiente destino, Icalma.

Icalma es un pequeño pueblo para mucha gente desconocido. El carácter de esta localidad se encuentra marcado por el Paso Internacional a Argentina, que da salida a Villa Pehuenia y por la laguna Icalma, responsable de la vida turística y de camping que agita los veranos de este enclave cordillerano.

Desde aquí y después de disfrutar de la tranquilidad que había en el lugar, seguimos el camino hacia el este con rumbo al Parque Nacional del Conguillío.

Accedimos al parque desde Melipeuco, donde nos aprovisionamos para un par de días con el objetivo de poder recorrer los senderos y sumar una cumbre más a las espaldas, el volcán Llaima.

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El Parque Conguillío requiere de varios días para poder conocerlo como se merece. Sin lugar a dudas es un imperdible de la Región de la Araucanía y prueba de ello es la cantidad de visitantes que registran en sus accesos y la oferta de campings que hay en su interior.

Accedimos al parque y pasamos la noche en el camping ubicado al pie de la ladera de un bosque de araucarias, justo en el límite por donde en su momento la colada del lava fluyó hacia el sur.

A poco más de 2 km se encuentra la Laguna Verde, desde donde estábamos uno puede caminar por la tierra volcánica que con el paso del tiempo y el viento ha formado pequeñas dunas que hacen que el trayecto parezca un paseo lunar.

Al acercarse a la laguna se empieza a observar como el material volcánico ha ido depositándose en episodios y formando pequeñas terrazas. Se pueden ver los árboles que quedaron atrapados por el agua y que hoy convertidos en troncos secos dibujan un paisaje de lo más peculiar.

De aquí continuamos nuestra incursión en el parque pasando por la laguna arco iris. Esta pequeña laguna se formó con una erupción reciente del Llaima, formando un embalse natural donde anteriormente hubo un bosque nativo. El nombre que se le otorgó no fue casualidad ni exageración: antes del mediodía, la superficie de agua recibe los rayos del sol de tal forma que el agua toma un espectro de colores que van desde el azul más puro hasta un turquesa verdoso intenso. No hay mejor forma que verlo para poder asimilar de qué estamos hablando.

Es en este punto del parque donde uno también encuentra “la casa del colono”, en la que los primeros pobladores del parque se alojaron a principios del siglo pasado. Una pequeña construcción hecha de pura madera ensamblada en la que los clavos aparecen por la acción restaurativa del personal del parque para su mantención.

Una muestra de lo que era el concepto de hogar en los tiempos en los que los gauchos y huasos cruzaban la cordillera en travesías ecuestres de más de 4 días. Cama armada con cañas de coligüe, mesada de piedra y vigas y travesaños de un tamaño que requería de ingenio para desplazarlos.

El camino continuaba hacia el corazón del parque, la Laguna Conguillío. Aquí se concentra la mayor parte de instalaciones y con ello la gran cantidad de visitantes del parque. La laguna ofrece una playa apta para los bañistas y su superficie invita a navegar en botes, piraguas y kayaks como otro de los atractivos para el lugar.

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Acá fue donde nos dimos por primera vez en el viaje un gustito: pizza a la piedra y cereveza artesanal frente a la laguna nos sirvió para recuperar energía y emprender el camino al ser más antiguo del parque nacional.

De aquí fuimos a averiguar las condiciones para subir a la cumbre del volcán y fue donde por primera vez nos pusieron el PARE en la frente. La CONAF, quien gestiona el conjunto de parques nacionales de Chile, suele poner restricciones para el ascenso de cumbres y volcanes que se encuentran en el interior de los parques.

Este era el caso del Llaima: piolet y crampones como mínimo… lamentablemente no contábamos con el equipo exigido. Así que con la cabeza baja me tuve que conformar con mirar el volcán desde la falda y dejar como pendiente esta ascensión.

Ahí cerquita partía nuestro próxima caminata, el nombre del sendero ya nos daba pistas de a dónde íbamos, las araucarias. Un paseo entre un bosque de esta especie protegida de unos 3 km nos llevaba a donde queríamos, a los pies de la “araucaria madre”.

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Este individuo ha perdurado en el tiempo según se calcula 1800 años, a cuenta de ello a día de hoy tiene un diámetro de 2,2 metros y más de 50 metros de altura. En algunos lugares explican que las araucarías tienen el doble de años de lo que indicarían sus anillos, de ser cierto estaríamos hablando de un ser vivo de 3600 años, impresionante.

El pueblo pehuenche veneraba esta especie como un árbol sagrado que ofrecía sustento, fuerza, vitalidad y familia. Es por ello que en la actualidad los pueblos originarios de la araucanía y alrededores continúan con esta creencia, que a su vez se complementa con el carácter protegido de esta especie gestionado por la CONAF.

Alcanzado este punto el día estaba por terminar y si bien nos hubiera encantado poder recorrer otros senderos del parque como Sierra Nevada, el cálculo de días requeridos para este parque había sido errado y tuvimos que salir, dejando pendientes estos senderos y la cumbre del Llaima para la próxima vez que pasemos por allá.

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