La Araucanía y sus parques I

Llegamos a Curacautín y como ya es costumbre aterrizamos en su plaza de armas para averiguar qué teníamos que conocer en esta parada. Un centro de artesanos locales presidía la plaza e indudablemente entramos para ojear lo que se ofrecía. El primer puesto era atendido por Jorge, un hombre de unos sesenta y tantos con la energía y actitud de un pendejo de quince, su fuerte: artesanías en picoyo.

¿Qué es el picoyo? A simple vista parece un trozo de madera pulido y esmaltado, pero no. El picoyo es un fósil de araucaria que surge de la acumulación de la resina durante el proceso de descomposición tras la muerte del árbol. Al parecer la madera del tercio superior del individuo es la única que puede adquirir estas propiedades que permite que se hagan aros, colgantes y otros elementos con un material que puede oscilar entre los 1500 y 4000 años.

Después esta breve clase de lo que diría es el recuerdo más auténtico de la IX Región, Jorge y su pareja, también artesana, nos invitaron a tomar un café para darnos esos tips de por dónde pasar si estás en Curacautín, una promesa turística en el sur de Chile. La oferta era tan amplía y atractiva que tuvimos que organizar los días que para no perdernos de nada.

Las rutas y la ubicación de cada parada obligatoria nos invitaba a hacer una gran “U” llegando casi a la frontera con Argentina. Partimos tras cargar provisiones hacia las Termas Malleco (ex Tolhuaca), y casi como un ritual, el sol poniéndose.

Pocos km nos separaban esta vez del destino elegido y un aliciente que habíamos dejado pendiente unos días atrás, bañarnos en la termas. Chile tiene incontables volcanes que pueblan su superficie y con ello otras tantas vertientes de aguas termales. En lo que va de viaje habíamos dejado pasar la oportunidad de bañarnos en una de ellas y esta ocasión íbamos a sacarnos la espinita que llevábamos clavada.

Despedimos el día con un bañito bajo las estrellas para al día siguiente recorrer los parques que estaban ahí cerquita y cuando estábamos a punto de empezar a hacer una cena fría apareció el vecino con quien habíamos conversado en la recepción. Como caído del cielo traía con él un tupper lleno hasta arriba de arroz, tomates y morrón asado para invitarnos a cenar. El día no podía terminar mejor.

Amanecimos y salimos hacia el Parque Nacional Tolhuaca para descubrir los distintos senderos que ofrecía. La primera instancia era un pequeño trekking hasta la llamada laguna verde que por el camino transitaba por medio de un bosque nativo con vistas a la laguna Malleco y encontrando los primeros individuos de la especie insignia de la región, la araucaria.

Después de haber escuchado el origen del picoyo y mi indiscutible afición por coleccionar y recolectar recuerdos de allá donde fuera el camino fue una búsqueda incesante del tesoro de la Araucanía. Tras levantar unas cuantas decenas de ramas y troncos sin éxito empezamos a entender que no era tan común como creíamos y que el encuentro de picoyo requeriría de algún conocimiento faltante en nosotros.

Llegamos a la laguna y el paisaje ameritaba un descanso, las laderas rocosas pobladas por araucarias morían en el agua verdosa de aquella laguna que acumulaba las aguas de lluvia de esa pequeña cuenca y que invitaba a bañarse a los más atrevidos.

Para llegar a laguna Malleco teníamos que retomar la pista de ripio que subía y bajaba de forma preocupante. Tras unos 9 km de altibajos en el camino llegamos al sendero familiar del parque. Nos sorprendió muy positivamente que se tratara de un sendero adaptado e inclusivo, apto para personas con movilidad reducida. Era la primera vez que encontrábamos algo así en un parque nacional y la verdad es un ejemplo a seguir allá donde sea factible de realizarse.

Un conjunto de pasarelas atraviesan el humedal hasta alcanzar la orilla de la laguna, a partir de este punto bordeamos el perímetro de esta hasta alcanzar su desembocadura donde los visitantes del parque aprovechan el fluir del agua para remojarse en las pozas naturales. Es aquí donde, caminando unos metros más se puede contemplar el atractivo estrella del parque, el salto Malleco.

De aquí solo quedaba deshacer el camino por donde habíamos venido para continuar hacia la cordillera y nuestro próxima parada. Parecía fácil pero no lo era, esas bajadas que a la ida habían sembrado la duda sobre la capacidad de Baldufa de poder remontarlas pudieron con nosotros.

Una vez más el camino nos impedía seguir hacia adelante y en esta ocasión también hacia atrás. Una cuesta con mucha pendiente y un terreno suelto y con piedras bastante grandes no permitían que la tracción trasera de nuestra querida kombi nos hiciera avanzar. Era tanta la inclinación que los frenos sufrían para mantenernos inmóviles contra la acción de la gravedad.

Solo quedaba una opción, esperar la benevolencia de las personas que transitaran por el camino. Por suerte y como aparecidos de la nada llegaron los 6 voluntarios que iban a dar solución a nuestros problemas. Entre ellos había un mecánico que no dudó en abrir la tapa del motor y empezar a ojear que estaba fallando. Aceleró y aceleró como nunca antes habíamos acelerado a Baldufa hasta que descubrió y descubrimos que la entrada de aire estaba ahogada. El maldito chupete se había estirado y no dejaba que Baldufa diera toda su potencia.

Estábamos listos, con esto y un empujoncito pudimos salir de esta y maravillarnos de cuan importante es ese botón negro que hay entre los asientos.

Tener y andar en una kombi es algo muy bonito pero hay cosas que nadie cuenta. No somos padres pero hay momentos en los que te hace sufrir como un hijo adolescente que no llega ni llama para avisar por donde está. Baldufa es así, cada tanto nos da un susto y nos provoca acaloramientos y peaks de stress para que la tratemos bien.

Tras este episodio necesitábamos sin duda un momento de relax y una ducha así que a la pasada nos dimos un bañito en las termas y continuamos, ahora si sin novedad camino a la cordillera.

Al otro día descubrimos que a un par de km había un nuevo camping en el que faltaba una kombi para atraer visitantes. Así fue que nos quedamos y dedicamos el día a quehaceres de la vida nómada. De a poco el camping se fue llenando de gente y se fue armando lo que seria una parrilla comunitaria, la parrilla del lugar. Una familia de Concepción en la que las más chicas era su bautizo en carpa, un chico de Santiago que andaba caminando por todos los rincones de alrededor de Curacautín documentando los lugares donde uno debe llegar y dos chicos tucumanos que habían hecho el viaje hasta el sur de Chile para culminar su aprendizaje en el mundo de los Domos. Todos alrededor de la misma parrilla y la misma mesa compartiendo desde los fideos hasta el vino pasando obviamente por la carne asada. La conversación se alargó y se hizo una noche de lo más sociable hasta que el reloj alarmó que al día siguiente había que madrugar.

Amanecimos con un objetivo claro, conocer la Reserva Nacional Malalcahuello y ascender el volcán Lonquimay. Este día Carla se quedó de relax con Baldufa en la falda del cráter Navidad y yo me entesté en llegar a la cumbre de un volcán.

El camino a la cumbre era claro y en casi todo momento podía distinguir a Baldufa a la orilla de la ruta. Paso a paso nuestra kombi se achicaba y el viento empezaba a ser más fuerte.

La ladera del Lonquimay en invierno es un centro de esquí y los postes del telesilla sirven de indicador del camino más corto. Una vez alcanzado el último poste, se dibujaba un filo que llegaba directo a la cumbre.

En este punto la pendiente se acentuaba, el material era más suelto y el color de la roca mutaba de un negro volcánico a un rojizo intenso. Sin darme cuenta estaba a pocos metros de la cumbre que forma el cráter del Lonquimay y que da acceso a la vista panorámica de la IXª Región y parte de la VIIª .

Una vez más, la cumbre me recordaba cuan grande e indescriptible es la satisfacción de llegar a donde uno ya no puede seguir subiendo. Lo valioso y placentero que es que hace que el esfuerzo y sacrificio realizado en el camino se reduzca a cenizas en el instante en que se culmina la travesía.

Un buen rato arriba para digerir todo lo que la vista alcanzaba y hacia bajo en linea recta. En poquito más de una hora llegaba a Baldufa y sorprendía a Carla que estaba en plena sesión de lectura, casi deseosa que me demorara un poco más de lo prometido.

De nuevo volvíamos a la ruta ahora con unas cuántas horas de sol por delante y un trayecto que nos llevaría a las puertas del paso internacional de Icalma.

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