Tracción a sangre. Las Termas del Flaco

Veníamos de una jornada tranquila y reconfortante en la que nos habíamos cruzado con personas reacogedoras y teníamos en mente un nuevo lugar a conocer, las Termas del Flaco.

Un mapa ilustrado de la oficina de turismo de Rancagua nos dio a conocer la existencia de este lugar y su ubicación en medio de la cordillera nos llamó la atención a modo que nos dirigimos hacia él.

La ruta discurrió tranquila desde Pimpinela hasta Puente Negro, la última localidad antes de andentrarnos en un camino de tierra y ripio que nos depararía muchas sorpresas.

Parecía sencillo, 67 km hasta llegar a un balneario de la naturaleza dónde las aguas sulfatadas y mineralizadas atraían centenares de jubilados para recuperar años de vida bajo el efecto de las aguas mágicas del área culminada por el Volcán Tinguiririca.

La ruta empezó a subir levemente hasta convertirse en un camino de un único sentido en el que los carabineros controlaban el horario de acceso. Subida en la tarde a partir de las 4 y regreso en la mañana como muy tarde a las 2 del mediodía. Hasta el momento todo andaba sobre la marcha, desde este punto 39 km nos separaban de nuestra nueva posada temporal.

Traspasado el punto de control el camino se hacía angosto y la altitud aumentaba paulatinamente sobre un lecho de ripio y polvo que paso a paso, km a km, iba maquillando a Baldufa en un tono marrón claro que en ese momento le daba color a la situación.

Transcurría el tiempo y nuestro ritmo era cada vez más pausado. El sol empezaba a caer tras nosotros y dar paso a una noche clara en la que el cielo se teñía de estrellas. Un cartel, Termas del Flaco km 30. Imposible que con el rato que llevábamos andando hubiéramos avanzado únicamente 9 km, esta mal el cartel ya habremos hecho 30 km y solo nos quedan 9 para llegar.

Seguíamos avanzando por este camino que cada vez era más complicado y arduo. LLegó el momento en que un auto que venía frente a nosotros no pudo con una subida y Baldufa se envalentó para demostrar que ella sí, yo me la banco.

Poco duró esa sensación de 4×4, unos metros más adelante nos esperaba el primer parón. Segunda, subida, reducción, primera , gas, puuf, puuuf, puuuufffff! Quedamos en la mitad de la pendiente en la que ni el freno de mano era capaz de sustentarnos. No hubo más remedio que retroceder unos metros con el objetivo de inspeccionar el motor y así evaluar que estaba pasando.

Nada extraño solo mucho polvo, mucho y una temperatura del motor que aconsejaba un pequeño descanso. (Cuando uno anda en kombi tiene presente los tiempos de descanso pero en un trayecto relativamente corto como el que estábamos haciendo no estaba en nuestros planes el detenernos a “descansar”)

Diez minutos después de este imprevisto volvimos a arrancar y esta vez Baldufa pudo con la subida. La luz del atardecer ya había quedado atrás y solo las luces de nuestra kombi alumbraban un camino lleno de serrucho, bolones de roca y pozos matadores, fue entonces cuando encontramos un segundo cartel que nos deprimió más que alentar, Termas del Flaco km 20.

Al parecer íbamos tan lentos que 10 km eran una eternidad. En ese momento y ya alcanzada la mitad del camino la alternativa de volver fue desestimada.

Seguimos avanzando y las detenciones para enfriar el motor y superar los desniveles fueron aumentando su frecuencia y su duración. No había señal alguno de celular para saber exactamente en que punto nos encontrábamos de forma que seguíamos instintivamente el camino que se iba dibujando ante nosotros.

Ahora sí, el camino no había mejorado pero el espectáculo que presentaba el cielo ante nosotros había llegado a su clímax. Un firmamento estrellado en un camino perdido en medio de la cordillera de los Andes hacía que la incertidumbre de saber cuando íbamos a llegar fuera más confortable.

Ya resignados a seguir derechos y mirando de reojo el marcador de combustible que había descendido más de lo esperado, avistamos a lo lejos una luz que parecía ser nuestro destino.

Al poco rato confirmábamos que estábamos en lo cierto y que habíamos llegado a las Termas del Flaco. Casi 5 horas después de ingresar a este camino de sentido único habíamos alcanzado nuestro próximo destino (Después supimos que antaño únicamente se podía acceder a este inhóspito lugar a caballo en una travesía de demoraba 4 días por lo que nuestra odisea no tenía punto de comparación con lo que era necesario en ese entonces).

Estacionamos a Baldufa en la calle principal para que descansara de forma merecida y ahí empezamos a pasear en busca de alguna indicación de dónde poder pasar la noche de forma tranquila.

Nuestra sorpresa fue al ver la vida que escondía ese lugar aislado en la cordillera a casi 50 km del primer núcleo urbano. Eran las once de la noche y todo estaba abierto, los locales y entradas de casas llenos y todos los hoteles y residenciales con su público en exposición.

En el camino encontramos un puesto en el que se ofrecían trekking y tours para conocer el lugar. Allí Pedro nos contó el secreto de dónde podíamos pasar la noche de forma tranquila y gratuita, además de tirarnos la posta para el que hacer en la jornada que empezaba en pocas horas.

Recorrimos el pueblo enclavado entre cerros en poco más de media hora y ahí fue cuando nos dirigimos a nuestro hospedaje para pasar la noche.

Al otro día amanecimos más tarde de lo esperado fruto del cansancio que habíamos acumulado en el trayecto de llegar hasta el lugar. Fue suficientemente temprano para poder tomar desayuno con un precioso paisaje de fondo y emprender la marcha hacia algunos de los atractivos que escondía el valle.

Siguiendo por la calle principal, entre el residencial Montaña y un portón, nace un camino que lleva directo al Cajón de los Ríos y un paramento rocoso que alberga en su superficie el paso pasado de distintos dinosaurios.

La primera parada fue esta, un paredón impreso con decenas de pisadas de tamaños variables que permitían imaginar el andar de estos reptiles gigantes miles de años atrás.

Existían tres tipos de pisadas en las que se diferenciaba de forma clara quien era quien. Unas pisadas chicas, del tamaño del pie de un niño entrando a la pubertad dejaban constancia de la presencia de alguna especie de dinosaurio carnívoro al más puro estilo velociraptor de Jurassic Park. Al lado destacaban las pisadas de un ex – herbívoro  de cuello largo que marcaba su paso con huellas del tamaño de un disco de arar.

La propia roca mostraba sus cicatrices del barrizal seco que fue en su día y que por las condiciones dadas en su momento, lo había transportado hasta nuestras fechas como si de una escultura plástica se tratara.

Después de este punto, nuestro camino seguía ascendiendo con el objetivo de alcanzar el cajón de los ríos. Uno intuía gracias a las laderas la ubicación del fondo del valle pero las estribaciones de la cordillera escondían giro tras giro este paraje.

Tras caminar un poco más alcanzamos un filo que nos llevaba casi al nivel de la vega y dejaba abajo las laderas de ese morro que partía las aguas en dos.

Con el camino prácticamente llano llegamos al punto en el que pudimos almorzar en compañía de una familia de caballos que nos observaban entre la curiosidad y la desconfianza.

Se observaba el fin de la vega y como el valle empezaba a escalar hacia los portezuelos que separaban este cajón de los valles aledaños. Acá fue cuando vimos claro que la ilusión de subir el volcán se desvanecía por el tiempo que requería alcanzar su cumbre (obviamente las ganas de hacer cumbres a lo largo del trayecto se mantienen intactas).

De acá bajamos de forma off-road bajo mi intuición de montañero que sabía que llegaríamos a buen puerto. El camino lo hicimos nosotros y nos permitió observar una perspectiva distinta de la que la ruta habitual brinda.

Al llegar al pueblo la recompensa era clara, primero agua y segundo una rica cerveza para saciar estos cuerpos deshidratados.

A esa altura del día la posibilidad de regresar hacia el valle central chileno era inviable y por ello optamos por acercarnos al refugio de Don Bigo, un señor de unos setenta y tantos que se las sabía todas. Aseo, cena y descanso para recuperar fuerzas para la bajada del camino maldito.

La vuelta a la civilización partió con angustia, no habíamos conseguido combustible y el marcador de nafta indicaba a penas un cuarto de depósito. Sin más opción que seguir adelante nos embarcamos en el camino de vuelta que por suerte, ahora era en bajada.

A medida que avanzábamos íbamos descubriendo el trágico camino por el que habíamos hecho andar a Baldufa en medio de la penumbra de la noche. Sin lugar a dudas al ver el estado del camino nos repetíamos una y otra vez, “Pobre Baldufa”.

El ritmo que agarramos era como tres veces el que había sido nuestro andar en el trayecto de ida, de a poco íbamos reconociendo los lugares donde habíamos descansado, las piedras enormes que habíamos pasado y cada vez más cerca la ilusión de alcanzar la ruta.

La altitud había descendido unos 500 metros y el camino ahora se tornaba más llano. El marcador de nafta ya no bajaba, hacia rato que marcaba la línea de vacio pero Baldufa seguía andando con buen sonido y envalentonada a llegar a buen puerto.

A pocos km del retén de carabineros que controla el acceso a las termas apareció una leve e indeseada cuesta arriba. Baldufa seguía adelante cual mula de carga que paso tras paso alcanza puntos inimaginados por ciertas personas.

Puff!

Se terminó, a la mitad de esta pendiente se agotó el poco combustible que quedaba en el tanque y Baldufa dijo basta. Ahí estábamos, tan cerca y a la vez tan lejos y en un horario que se acercaba al cambio de sentido del camino.

Por suerte, algunos autos seguían bajando y prácticamente todos se detenían a preguntar que había pasado. Pasaron cuarenta y cinco minutos antes de que apareciera nuestra salvación.

César, un hombre oriundo de la provincia de Osorno que se encontraba trabajando más allá de las termas estaba viajando a San Fernando y volvía a subir de forma inmediata. Accedió amablemente a llevarme en búsqueda de combustible y de volverme a traer para que pudiéramos seguir camino.

En cuestión de lo que dura un partido de futbol regresaba al punto de control del camino con la sorpresa de encontrar allí a Carla sobre Baldufa, la que había sido arrastrada por dos voluntarios  que se atrevieron a adentrarse en este camino con el objetivo de rescatarlas, y varios autos esperando ansiosos a que se habilitara el camino de subida.

Ahora sí, rellenamos el tanque y retomamos el camino con el alivio de haber encontrado buena gente que nos ayudara a salir de ese infortunio.

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One thought on “Tracción a sangre. Las Termas del Flaco”

  1. Que travesía chicos, pobre Baldufa! Pero valió la pena. Ojalá sigan encontrando gente buena onda. Los quiero!

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