Quintay – Los primeros km

El día que se cumplían dos meses de la llegada de Baldufa a casa y después de haber pasado por el quirófano mecánico durante casi tres semanas llegaba el dia de hacer los primeros kilometros con la nueva integrante de Girando a la Par.

La idea de estrenar la kombi nos emocionaba a los dos y no habíamos podido hacerlo hasta que estuviera hecho el ajuste de motor, que era realmente un condicionante para dar partida a la aventura.

Santiago es una ciudad diseñada para cobrar, las vías rápidas cuentan con un sistema de TAG integrado que al pasar por los pórticos de control te cobran o te multan automáticamente. Evidentemente con el plan de viaje que tenemos este tipo de elementos no son necesarios, por contra las salidas de la ciudad se convierten en un ejercicio de logística rutera que hace más entretenida la planificación de cada ruta.

Salimos de Santiago evitando con éxito los indeseados peajes y llegamos a la ruta del Sol, una autopista que cada fin de semana alcanza su apogeo como la conexión más directa para hacer una escapada a la playa.

Da inicio el ejercicio de escuchar el motor, ajustar las marchas y acomodarnos a la velocidad que manda Baldufa. Velocidad de crucero de 70 km/h y una infinidad de autos, micros y camiones que nos adelantan como rayos. Poco pasa hasta que nos percatamos que las subidas arremeten con fuerza en el motor y nos obligan a reducir el ritmo de avance. Los sonidos que emite la combi se suceden en función del viento, la velocidad, el asfalto y otros factores que en este momento desconocemos.

Haciendo buena letra y para prevenir sustos, transcurrida la primer hora de ruta hacemos una parada técnica para enfriar el motor y aprovechar para ir al baño y tomar unos mates. 20 minutos reloj para reposar y de nuevo carretera y manta.

Km tras Km vamos agarrando práctica y maña con nuestro nuevo medio de transporte, de repente se empieza a sentir algo que molesta, tac tac tac tac. Un rítmico y suave ruido que distorsiona el “silencio· de la combi. Nos detenemos a ver, inspección, reinspección, nada extraño. Retomamos la marcha y de nuevo el maldito tac tac tac, hacemos caso omiso y empezamos a resignarnos a que será parte del viaje hasta que caemos en el qué! Las pestañas! Lo poco que faltaba de motivo  para sacarlas, Decidido, chau pestañas!

Avanzamos y la brisa de mar nos empieza a pegar. La ruta pasa a ser de un carril por mano y discurrir entre arboles que protegen el tráfico del viento marino. Nos encontramos de golpe con una bajada que para bajar muy bien pero ya nos siembra las dudas de si a la vuelta seremos capaces de superar.

Este desnivel anuncia la llegada a Caleta Quintay, una pequeña cala donde antiguamente había una planta ballenera que formaba parte de la industria que explotaba la caza de estos mamíferos acuáticos hasta mediados de la decada de los 60 en Chile. Hoy encontramos un museo y centro de interpretación del ecosistema litoral chileno acompañado de algunos restaurantes que ofrecen la posibilidad de un almuerzo en primera linea de mar con unas vistas más que recomendables.

Explorado el entorno de la caleta hacemos un par de km para llegar a la Playa de Quintay, una playa que sorprende en el entorno de la costa central chilena, donde lo que más se promociona es  la masificación del litoral de Viña del Mar y su oferta hotelera al más puro estilo Benidorm.

La playa se enmarca en una cala formada entre los acantilados de un centenar de metros que se adentran en el mar a medida que la costa avanza hacia el norte. El lugar perfecto para picotear algo, agarrar fuerzas y retomar el regreso a la capital.

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